Los justos
Hace unos días conocí el blog de Hernán Casciari, Espoiler, y desde entonces leo todos sus artículos como si estuviera desenterrando tesoros sabiendo que están desperdigados por todos los rincones.
No sólo tiene muy buen criterio en sus recomendaciones de series sino que leer sus textos, sus argumentaciones, sus ideas sobre lo que debe y no debe ser la televisión, se convierte en un placer.
Hoy he descubierto gracias a él un poema de Borges muy bello, que Hernán fue capaz de replicar en una historia que explica el proceso que se desarrolla desde que se emite un episodio en la televisión hasta que cualquier usuario puede descargárselo con sus correspondientes subtítulos. Lo copio aquí:
"Los miércoles a las nueve de la noche, hora de Nueva York, la cadena norteamericana ABC emite una serie de televisión que me gusta. A esa misma hora un mexicano llamado Elías, dueño de un vivero en Veracruz, la está grabando directamente a su disco rígido, y tan pronto como acabe subirá el archivo a Internet, sin cobrar un centavo por la molestia. Tiene esta costumbre, dice, porque le gusta la serie y sabe que hay personas en otras partes del mundo que están esperando por verla. Lo hace con dedicación, del mismo modo que trasplanta las gardenias de su jardín para que se reproduzca la belleza.
A las once de la noche de ese mismo miércoles, Erica, una violinista canadiense de venticuatro años que ama la música clásica, baja a su disco rígido la copia de Elías y desgraba uno a uno los diálogos para que los fanáticos sordomudos de la serie puedan disfrutarla; distribuye esos subtítulos en un foro tan rápido como puede. No cobra por ello ni le interesa el argumento: lo hace porque su hermano Paul nació sordo y es fanático de la serie, o quizás porque sabe que hay otra mucha gente sorda, además de su hermano, que no puede oír música y debe contentarse con ver la televisión.
A las 3:35 de la madrugada del jueves, hora venezolana, Javier baja en Caracas la serie que grabó Elías y el archivo de texto que redactó y sincronizó Erica. Javier podría ver el capítulo en idioma original, porque conoce el inglés a la perfección, pero antes necesita traducirlo: siente un placer extraño al descubrir nuevas etimologías, pero más que nada le place compartir aquello que le interesa. Para no perder tiempo, Javier divide el texto anglosajón en ocho bloques de tamaños parecidos, y distribuye por mail siete de ellos, quedándose con el primero.
Inmediatamente le llega el segundo bloque a Carlos y Juan Cruz, dos empleados nocturnos de un Blockbuster boneaerense que suelen matar el tiempo jugando al ajedrez, pero que ocupan los miércoles a la madrugada en traducir una parte de la serie, porque ambos estudian inglés para dejar de ser empleados nocturnos, y también porque no se pierden jamás un capítulo.
El tercer bloque de texto lo está esperando Charo, una ceramista de Alicante que está subyugada por la trama y necesita ver la serie con urgencia, sin esperar a que la televisión española la emita, tarde y mal doblada, cincuenta años después. El cuarto bloque lo recibe María Luz, una tipógrafa rubia y alta que trabaja, también de noche, en un matutino de Cuba: María Luz deja por un momento de diseñar la portada del diario y se pone rápidamente a traducir lo que le toca. Dice que lo hace para practicar el idioma, ya que desea instalarse en Miami.
El quinto bloque viaja por mail hasta el ordenador de Raquel y José Luis, una pareja andaluza que vive de lo poco que le deja una librería en el centro de Sevilla. Llevan casados más de venticinco años, no han tenido hijos, y hasta hace poco traducían sonetos de Yeats con el único objeto de poder leerlos juntos, ella en un idioma, él en otro. Ahora, que se han conectado a Internet, descubrieron que además de buena poesía existe también la buena televisión.
El sexto bloque le llega a Ricardo, en Cuzco: Ricardo es un homosexual solitario —y muchas noches deprimido— que traduce frenéticamente mientras hace dormir a su gato Ezequiel. El séptimo lo recibe Patrick, un inglés con cara de bueno que viajó a Costa Rica para perfeccionar su español, lo desvalijó una pandilla casi al bajar del avión pero igual se enamoró del país y se quedó a vivir allí. Y el octavo bloque le llega, al mismo tiempo que a todos, a Ashley, una chica sudafricana de madre uruguaya que es fanática de la serie porque le recuerda (y no se equivoca) a su libro favorito: La Isla del Tesoro.
Los ocho, que jamás se han visto las caras ni tienen más puntos en común que ser fanáticos de una serie de la televisión o de un idioma que no es el materno, traducen al castellano el bloque de texto que le corresponde a cada uno. Tardan aproximadamente dos horas en hacer su parte del trabajo, y dos horas más en discutir la exactitud de determinados pasajes de la traducción; después Javier, el primero, coordina la unificación y el envío a La Red. Ninguno de los ocho cobra dinero para hacer este trabajo semanal: para algunos es una buena forma de practicar inglés, para otros es una manera natural de compartir un gusto.
A esa misma hora Fabio, un adolescente a destiempo que vive en Rosario, a costas de sus padres a pesar de sus 23 años, encuentra por fin en el e-mule la traducción al castellano del texto. Con un programa incrusta los subtítulos al video original, desesperado por mirar el capítulo de la serie. A veces su madre lo interrumpe en mitad de la noche:
—¿Todavía estás ahí metido en Internet, Fabio? ¿Cuándo vas a hacer algo por los demás, o te pensás que todo empieza y termina en vos?
—Tenés razón mamá, ahora mismo apago —dice él, pero antes de irse a dormir coloca el archivo subtitulado en su carpeta de compartidos para que cualquiera, desde cualquier máquina, desde cualquier lugar del mundo, pueda bajarlo. Fabio jamás olvida ese detalle.
Los jueves suelo levantarme a las once de la mañana, casi a la misma hora en que Fabio, a quien no conozco, se ha ido a dormir en Rosario. Mientras me preparo el mate y reviso el correo, busco en Internet si ya está la versión original con subtítulos en español de mi serie preferida, que emitió ocho horas antes la cadena ABC en Estados Unidos. Siempre (nunca ha fallado) encuentro una versión flamante y me paso todo el resto de la mañana bajándola lentamente a mi disco rígido, para poder ver el capítulo en la tele después de almorzar. Mientras espero, escribo un cuento o un artículo para Orsai: lo hago porque me resulta placentero escribir, y porque quizás haya gente, en alguna parte, esperando que lo haga.
El artículo de este jueves habla de Internet. Dice, palabras más, palabras menos, algo que hace venticinco años dijo Borges mucho mejor que yo, en un poema maravilloso que se llama Los Justos:
"Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo."
* Espoiler
Etiquetas: internet / blogs, tele
escrito por nunile -18 comentarios - ¡comenta!
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Qué gran poeta era Borges, y qué lejos estamos de cualquier ideal.
Y no sólo en materia televisiva.
Bueno, parece que no es tan difícil ser justo... sólo disfrutar de las cosas que nos ofrece la vida.
Que buena historia... Si piensas un buen final ya tienes la película. En muchos foros de internet te encuentras gente que te da información por nada, facilita claves de programas gratis, se molestan en ayudarte con problemas informáticos... Yo he encontrado mucha ayuda en estos foros y no me refiero con las descargas de películas. Hay muchas personas encantadas de ayudar sin esperar nada. Es curioso que esto sea fruto de la globalización.
Quiero pensar que la bondad de las personas es algo innato que se puede cultivar, y que Internet es un medio que permite extender esa bondad para que los demás puedan disfrutarla y compartirla. Se dice que de lo que das recibes, aunque no lo esperes, pero hoy en día en una sociedad como la nuestra, vivimos al margen de todo esto la mayor parte del tiempo.
Creo que todos nacemos bondadosos por naturaleza pero son las circunstancias de la vida las que forjan los malvados. Quizás el gen del mal exista, no lo sé pero en mi opinión, son la educación y las desgracias personales las que desatan los actos de maldad.
El mal es tan "genéticamente" humano como el bien. Ví una película "El hundimiento", que relata los últimos días de Hitler, y lo peor de todo era tener que aceptar la humanidad del monstruo.
Es cierto que las circunstancias nos llevan por un camino u otro,sin duda, pero por naturaleza somos tan buenos como malos.
Esto, sin entrar en valoraciones morales sobre lo que es bueno o no.
Estoy de acuerdo en parte con los dos, creo que llevamos tanto la bondad y la maldad dentro de nosotros y que dependiendo qué cultivemos a lo largo de la vida una u otra irán tomando parte en nuestra personalidad. Ambas están presentes y cada una toma lugar en diferentes situaciones.
Estoy de acuerdo en que es posible que exista el gen del mal -yo también he visto "La maldición de Damien", Jove :) -pero mi ausencia de fe católica me obliga a pensar que los malnacidos son una minoría.
De todos modos, es curioso que cuando se habla de grandes mostruos de la historia siempre se nos venga la cabeza Hitler. Me pregunto si fue el peor de todos.
me ha encantado esta historia. yo, como ekilore, creo que básicamente somos buenos. todos. sólo que a veces la vida nos jode y queremos devolverle la misma moneda a través de otros.
Hola eki y desesperada, yo cada vez que veo a un niño matar a una lagartija o pisar hormigas, pienso que lo malo está tan dentro de nosotros como lo bueno. Creo que no todo es culpa de las influencias exteriores, somos culpables en gran parte de cómo somos. En cualquier caso, Internet es un ejemplo que demuestra lo extendida que está la bondad, aunque también existen los virus, el spam...
Hitler es un icono de la maldad, era malo y estaba loco, pero seguro que ha habido malos más malos que él. Aunque ahora no se me ocurre una maldad comparable... Muxus
Hitler ha sido de lo peor sin duda. Habrá otros tan malos como él, sin duda; pero ninguno tiene la presencia emocional de Hitler, en el imaginario colectivo de la maldad.
No estoy de acuerdo con la tesis de la bondad innata. Innato es todo.
Una maldad comparable a la de Hitler es la de la gente que rodea a Bush: Karl Rove o Dick Cheney, que me parecen los más siniestros, por su cinismo extremo. De la misma manera que aquí me parece mucho peor Acebes que Rajoy, no sé si me explico.Hablo de política por ser un ejemplo más a mano, pero en las grandes empresas, te encuentras docenas de malos, malísimos.
Sí, hay gente que hace daño sabiéndolo y que es cruel tratando de obtener un beneficio. Hay gente que observa a los demás y que les tantea, para tratar de darles donde más les duele. A mí eso me da mucho miedo... ¿cómo se puede ser tan malo? Hay gente que disfruta con todo eso
Por la misma razón qué se puede ser tan bueno, y disfrutar con ello. Está en nosotros. Pero la maldad tiene, además, la atracción morbosa de lo prohibido, de vulnerar el corsé normativo que nos viene impuesto, a través de los sucesivos contratos sociales.
Eso de disfrutar con el sufrimiento ajeno no lo entiendo... A no ser que sea un pequeño escarmiento por haber hecho una gran maldad, entonces sí.
si no la habéis visto, os recomiendo una peli muy al hilo de este diálogo: Primavera, verano, otoño, inviero y primavera.
Mmmm, es cierto, la he visto. Sé que hay una llamada "Veneno", que trata de cómo algunas personas son veneno para las demás pero no he conseguido verla aún...